La alegoría del Carruaje. Concepto holístico del ser
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Coaching de Vida

Hoy os voy a contar una alegoría. Se llama " La alegoría del Carruaje" , y se encuentra en el libro "Las tres preguntas" de Jorge Bucay. Explica de forma muy sencilla el concepto holístico del ser, cuerpo, mente y espíritu.

Un día, suena el teléfono. La llamada es para mí. Apenas atiendo, una voz muy familiar me dice:

-Hola. soy yo. Sal a la calle. Hay un obsequio para ti.

Entusiasmado, me dirijo a la acera y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo, frente a la puerta de mi casa. Es de madera nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy chic.

Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular tapizado en pana burdeos y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta de que todo está diseñado exclusivamente para mí: está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... Todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

Entonces, miro por la ventana y veo "el paisaje": de un lado, la fachada de mi casa; del otro, la de la casa de mi vecino... Y digo: ¡Qué maravilloso este regalo! Qué bien, qué bonito... Y me quedo disfrutando de esa sensación.

Al rato, empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.

Me pregunto: ¿Cuánto tiempo puede uno ver las mismas cosas? Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino, que me dice, como adivinándome el pensamiento:

-¿No te das cuenta de que a este carruaje le falta algo?

Yo pongo cara de "qué le falta" mientras miro las alfombras y los tapizados.

-Le faltan los caballos, me dice antes de que llegue a preguntarle.

Por eso siempre veo lo mismo-pienso-, por eso me parece aburrido...

-Cierto-digo yo.

Entonces voy hasta el corralón de la estación y consigo dos caballos, fuertes, jóvenes, briosos. Ato los animales al carruaje, me subo otra vez y, desde dentro, grito:

-¡¡Eaaaaaa!!

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.

Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el vehículo y una rajadura se insinúa en uno de los laterales.

Son los caballos que me conducen por caminos terribles, atraviesan todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.

Me doy cuenta de que no tengo ningún control de nada; esas bestias me arrastran a donde ellas quieren.

Al principio me pareció que la aventura que se presentaba era muy divertida pero, al final, siento que esto que pasa es muy peligroso.

Comienzo a asustarme y a darme cuenta de que esto tampoco sirve.

En este momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en el coche. Lo insulto:

-¡Qué me hizo!

Me grita:

-¡Te falta el cochero!.

-¡Ah!-digo yo.

Con gran facilidad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero.

Tengo suerte. Lo encuentro.

Es un hombre formal y circunspecto, con cara de poco humor y mucho conocimiento.

A los pocos días, asume funciones.

Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.

Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.

Él conduce, tiene toda la situación bajo control. Él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

Yo, en la cabina... disfruto del viaje.

¿Qué sería el carruaje? ¿Y los caballos? ¿ Y el cochero?

El  carruaje es nuestro cuerpo; diseñado para cada uno de nosotros y para todo nuestro viaje.

Pero un carruaje sin deseos, necesidades, o afectos que lo impulsen a la acción sería como un carruaje sin  caballos. En efecto, los caballos, representan nuestros deseos, lo que nos empuja a caminar, a vivir.

Pero claro, los deseos dejados a su antojo, nos pueden conducir por caminos pedregosos. Por ello es necesario un cochero, el intelecto, destinado a pensar racionalmente, para que dirija nuestro trayecto y nos cuide de peligros innecesarios.

El personaje de nuestro pasajero sería nuestra alma, nuestro espíritu.

Para ser felices, debemos conseguir armonía entre todas las partes, el cochero, caballos, carruaje y pasajero, sin que ninguna de ellas tenga demasiado protagonismo.

Pilar López Martínez

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