¿Me vendes una hora de tu tiempo, papi?
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¿Me vendes una hora de tu tiempo, papi?

Hoy comparto un relato, extraído del libro "Las tres preguntas" de Jorge Bucay, que reflexiona sobre el tiempo que los padres dedican a sus hijos.

Cuentan que, una noche, cuando en la casa todos dormían, el pequeño Ernesto, de cinco años, se levantó de su cama y fue al cuarto de sus padres. Se puso junto a la cama del lado de su papá y, tirando de la colcha, lo despertó.

-¿Cuánto ganas, papá?-le preguntó.

-Ieeee...¿Cómo?-preguntó el padre entre sueños.

-Que cuánto ganas en el trabajo.

-Hijo, son las 12 de la noche, vete a dormir.

-Sí, papi, ya me voy, pero tú, ¿cuánto ganas en tu trabajo?

El padre se incorporó en la cama y en grito ahogado le ordenó:

-¡Te vas a la cama inmediatamente, ésos no son temas para que preguntes! ¡¡Y menos a medianoche!!-y extendió su dedo señalando la puerta.

Ernesto bajó la cabeza y se fue a su cuarto.

A la mañana siguiente, el padre pensó que había sido demasiado severo con su hijo y que su curiosidad no merecía tanto reproche. En un intento de reparar su error, durante la cena, el padre decidió contestarle:

-Respeto a la pregunta de anoche, Ernesto yo tengo un sueldo de 2800 euros, pero con los descuentos me quedan unos 2200.

-¡Uhhh!...¡Cuánto ganas, papi!-contestó Ernesto.

-No tanto, hijo, hay muchos gastos.

-Ahh...¿Y trabajas muchas horas?

-Sí, hijo, muchas horas.

-¿Cuántas, papi?

-Todo el día, hijo, todo el día.

-Ahh-asintió el chico, y siguió-, entonces tienes mucho dinero. ¿no?

-Basta de preguntas, eres muy chiquito para estar hablando de dinero.

Un silencio invadió la sala y, callados, todos se fueron a dormir.

Esa noche, una nueva visita de Ernesto interrumpió el sueño de sus padres. Esta vez traía un papel con números garabateados en la mano.

-Papi, ¿me puedes prestar cinco euros?

-Ernesto...¡¡Son las dos de la mañana!!-se quejó papá.

-Sí, pero ¿me puedes...?

El padre no le permitió terminar la frase.

-Así que éste era el tema por el cual estás preguntando tanto sobre dinero, mocoso impertinente. Vete inmediatamente a la cama antes de que te dé con la pantufla... Fuera de aquí... A la cama. Vamos.

Una vez más, esta vez puchereando, Ernesto arrastró los pies hacia la puerta.

Media hora después, quizás por la conciencia del exceso, quizá por la mediación de la madre o simplemente porque la culpa no le dejaba dormir, el padre fue al cuarto de su hijo. Desde la puerta lo escuchó lloriquear casi en silencio.

Se sentó en su cama y le habló:

-Perdóname por haberte gritado, Ernesto, pero son las dos de la madrugada, todo el mundo está durmiendo, no hay ningún negocio abierto, ¿no podías esperar hasta mañana?

-Sí, papá-contestó el chico entre mocos.

El padre metió la mano en su bolsillo y sacó su billetera de donde extrajo un billete de cinco euros. Lo dejó en la mesita de noche y le dijo:

-Ahí tienes el dinero que me pediste.

El chico se enjugó las lágrimas con la sábana y saltó hasta su ropero. De allí sacó una lata, y de ésta, unas cuantas monedas de un euro. Añadió los cinco euros al resto y contó con los dedos cuánto dinero tenía.

Después, tomó el dinero entre las manos y lo puso en la cama frente a su padre que lo miraba sonriendo.

-Ahora sí-dijo Ernesto-, llego justo, nueve euros con cincuenta céntimos.

-Muy bien, hijo, ¿ y qué vas a hacer con ese dinero?

-¿Me vendes una hora de tu tiempo, papi?

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